"Hay cuentos para cada momento,
cuentos para cada estación:
los cálidos cuentos para el largo invierno,
cuentos azules, rojos, verdes y violetas para la primavera,
el verano trae adivinanzas, bromas y chistes
y las grandes epopeyas se cuentan en otoño.
Pero aqui y ahora,
en aquel trópico, atravesado por el dolor y la pasión,
la tradición quiere que cuente
los cuentos del amor.
Los Cuentos del Espíritu... para pensar y para amar mejor..".

Nicolás Buenaventura Vidal, in espectáculo "Cuentos del Espíritu", Festival Internacional de Teatro de Almada (Portugal, Julho, 2007).


Si quieres un adulto con pensamiento creativo, de pequeño cuéntale cuentos. Si lo quieres, además sabio, cuéntale más cuentos. Albert Eisnstein

domingo, 5 de junio de 2011

LA CIUDAD DE LOS POZOS




Esta ciudad no estaba habitada por personas, como todas las demás ciudades del planeta. Esta ciudad estaba habitada por pozos. Pozos vivientes, pero pozos al fin.

Los pozos se diferenciaban entre sí no solo por el lugar en el que estaban excavados sino también por el brocal, la abertura que los conectaba con el exterior. Había pozos pudientes y ostentosos con brocales de mármol y de metales preciosos; pozos humildes de ladrillo y madera y algunos otros más pobres, con simples agujeros pelados que se abrían en la tierra.

La comunicación entre los habitantes de la ciudad era de brocal a brocal, y las noticias cundían rápidamente, de punta a punta del poblado.

Un día llegó a la ciudad una "moda" que seguramente había nacido en algún pueblito humano: La nueva idea señalaba que todo ser viviente que se precie debería cuidar mucho más lo interior que lo exterior. Lo importante no es lo superficial sino el contenido.

Así fue como los pozos empezaron a llenarse de cosas. Algunos se llenaban de cosas, monedas de oro y piedras preciosas. Otros, más prácticos, se llenaron de electrodomésticos y aparatos mecánicos. Algunos más optaron por el arte y fueron llenándose de pinturas , pianos de cola y sofisticadas esculturas postmodernas. Finalmente los intelectuales se llenaron de libros, de manifiestos ideológicos y de revistas especializadas.

Pasó el tiempo.

La mayoría de los pozos se llenaron a tal punto que ya no pudieron incorporar nada más.

Los pozos no eran todos iguales así que, si bien algunos se conformaron, hubo otros que pensaron que debían hacer algo para seguir metiendo cosas en su interior. Alguno de ellos fue el primero: en lugar de apretar el contenido, se le ocurrió aumentar su capacidad ensanchándose.

No paso mucho tiempo antes de que la idea fuera imitada, todos los pozos gastaban gran parte de sus energías en ensancharse para poder hacer más espacio en su interior.

Un pozo, pequeño y alejado del centro de la ciudad, empezó a ver a sus camaradas ensanchándose desmedidamente. El pensó que si seguían hinchándose de tal manera , pronto se confundirían los bordes y cada uno perdería su identidad.

Quizás a partir de esta idea se le ocurrió que otra manera de aumentar su capacidad era crecer, pero no a lo ancho sino hacia lo profundo. Hacerse más hondo en lugar de más ancho. Pronto se dio cuenta que todo lo que tenia dentro de él le imposibilitaba la tarea de profundizar. Si quería ser más profundo debía vaciarse de todo contenido.

Al principio tuvo miedo al vacío, pero luego , cuando vio que no había otra posibilidad, lo hizo.
vacío de posesiones, el pozo empezó a volverse profundo, mientras los demás se apoderaban de las cosas de las que él se había deshecho.

Un día , sorpresivamente el pozo que crecía hacia adentro tuvo una sorpresa: adentro, muy adentro , y muy en el fondo ¡encontró agua!. Nunca antes otro pozo había encontrado agua.

El pozo superó la sorpresa y empezó a jugar con el agua del fondo, humedeciendo las paredes, salpicando los bordes y por último sacando agua hacia fuera. La ciudad nunca había sido regada más que por la lluvia, que de hecho era bastante escasa, así que la tierra alrededor del pozo, revitalizada por el agua, empezó a despertar.

Las semillas de sus entrañas, brotaron en pasto , en tréboles, en flores, y en troquitos endebles que se volvieron árboles después. La vida explotó en colores alrededor del alejado pozo al que empezaron a llamar "El Vergel".

Todos le preguntaban cómo había conseguido el milagro.

- "Ningún milagro", contestaba el Vergel. "Hay que buscar en el interior, hacia lo profundo"

Muchos quisieron seguir el ejemplo del Vergel, pero desandaron la idea cuando se dieron cuenta de que para ir más profundo debían vaciarse. Siguieron ensanchándose cada vez más para llenarse de más y más cosas.

En la otra punta de la ciudad, otro pozo, decidió correr también el riesgo del vacío. Y también empezó a profundizar. Y también llegó al agua. Y también salpicó hacia fuera creando un segundo oasis verde en el pueblo.

- "¿Qué harás cuando se termine el agua?", le preguntaban.

-" No sé lo que pasará", contestaba. "Pero, por ahora, cuánto más agua saco, más agua hay"

Pasaron unos cuantos meses antes del gran descubrimiento.

Un día, casi por casualidad, los dos pozos se dieron cuenta de que el agua que habían encontrado en el fondo de sí mismos era la misma. Que el mismo río subterráneo que pasaba por uno inundaba la profundidad del otro.

sábado, 21 de mayo de 2011

EL MEJOR ESCONDITE


En el principio de los tiempos, se reunieron varios demonios para hacer una travesura.
Uno de ellos dijo:
“Debemos quitarles algo a los humanos, pero, ¿qué les quitamos?”.
Después de mucho pensar uno dijo:
“¡Ya sé!. Vamos a quitarles la felicidad, pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la puedan encontrar”.
Propuso el primero:
“Vamos a esconderla en la cima del monte más alto  del mundo”… 
…. Inmediatamente contestó otro:
“No, recordá que tienen fuerza, alguna vez alguien puede subir y encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde está”.
Luego propuso otro:
“Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar” y otro contestó:
“No, recuerda que tienen curiosidad, alguna vez alguien construirá algún aparato para poder bajar y entonces la encontrarán”.
Otro dijo:
“Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra”. Y le dijeron:
“No, recuerda que tienen inteligencia, y un día alguien va a construir una nave en la que pueda viajar a otros planetas y la va a descubrir, y entonces todos tendrán felicidad”.
El último de ellos era un demonio que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás.
Analizó cada una de ellas y entonces dijo:
“Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren”.
Todos lo miraron asombrados y preguntaron al mismo tiempo:
“¿Dónde?”. El demonio respondió: . . . .
“La esconderemos dentro de ellos mismos, estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán”.
Todos estuvieron de acuerdo y desde entonces ha sido así: “El humano se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la trae consigo”.
Autor Desconocido

martes, 10 de mayo de 2011

CUENTOS QUE CURAN

Dicen que una vez, en un país cercano, acudió a un hospital un niño muy preocupado.

“¿Y por qué estás aquí?” Preguntó el doctor “¿Puedo hacer algo por ti?”

“¡Estoy seguro que sí!” contestó el niño con gran frenesí.

“Pues ¿qué puedo hacer?, cuál es el problema debo yo saber”.

"No he escuchado un cuento, en ningún momento".

“Es imposible cariño” dijo el doctor al niño

“No he escuchado ni un cuento, juro que no miento”.


“¿De príncipes enamorados o sapos encantados?”

El niño callaba, nada contestaba.

“¿De bellas princesas o hadas traviesas?”

El niño callaba, nada contestaba.


“Para este malestar, no se bien que recetar”

Mirando al doctor muy fijo, el niño muy fuerte dijo:

“Se que además de doctor, es Ud. Un gran lector”

“¡Pues vaya tienes razón, ya encontré la solución!”


“¡Este es un problema grave, enfermera tráigame la llave!”

La enfermera presurosa, le dio la llave maravillosa

Con un poco de temor, miró el niño al doctor

“¿Tiene una llave que cura, como lo hace una vacuna?”


“¿Y qué debería hacer, como remedio beber?”

“¡Pero qué idea tan loca! Haremos ya otra cosa

Pasaremos una puerta que dejaremos abierta”

“¿La sala de operaciones? Tengo miedos a montones”

“Se trata de otro lugar, que también te va a curar"


Mi biblioteca abriré y sus libros te prestaré”

“Leerás hasta cansarte, y así lograré curarte

Pondré a tu disposición, mi valiosa colección”.


El niño entró de su mano y quedó maravillado

El mundo de la lectura, muchos malestares cura

Y el niño así fue feliz, sin comer ni una perdiz

Y colorín colorado, el pequeño fue curado.
Liana Castello

domingo, 10 de abril de 2011

¿POR QUÉ GRITA LA GENTE?...CUENTO TIBETANO

Cuenta una historia tibetana, que un día un viejo sabio preguntó a sus seguidores lo siguiente: ¿Por qué la gente se grita cuando están enojados?

Los hombres pensaron unos momentos:

-Porque perdemos la calma –dijo uno– por eso gritamos.

-Pero ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado? –Preguntó el sabio– ¿No es posible hablarle en voz baja? ¿Por qué gritas a una persona cuando estás enojado?

Los hombres dieron algunas otras respuestas pero ninguna de ellas satisfacía al sabio.

Finalmente él explicó:

-Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse. Mientras más enojados estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia.

Luego el sabio preguntó:

-¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran?

Ellos no se gritan, sino que se hablan suavemente ¿Por qué? Sus corazones están muy cerca.

La distancia entre ellos es muy pequeña.

El sabio continuó –Cuando se enamoran más aún, ¿qué sucede? No hablan, sólo susurran y se vuelven aun más cerca en su amor. Finalmente no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo. Así es cuan cerca están dos personas cuando se aman.

Luego dijo:

-Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más, llegará un día en que la distancia sea tanta que no encontrarán más el camino de regreso.
Visto en El Blog Alternativo

jueves, 17 de marzo de 2011

ERNESTO NO PUEDE

Había un pequeño saltamontes
llamado Ernesto que caminaba
por el jardín... Sí, sí, caminaba;
todavía no saltaba porque no lo
había intentado nunca.
Ernesto no intentaba hacer nunca nada.
Cuando alguien le decía que hiciera esto o aquello,
siempre respondía lo mismo:
—¡Es que no sé!... ¡Es que no puedo!
Cuando su mamá saltamontes le pedía ayuda
para buscar algo, Ernesto le decía:
—¡Es que no sé!... ¡Es que no
puedo!
Ernesto sólo se alimentaba de
alguna hierba amarga que había
en el suelo. Cuando papá
saltamontes le decía que le acompañara para comer
unas suculentas hojas tiernas, Ernesto volvía a
decir lo mismo:
—¡Es que no sé!... ¡Es que no
puedo!
Cuando sus amigos jugaban
en el jardín y le preguntaban: —Ernesto, ¿juegas con nosotros?
Ernesto contestaba como siempre y como tantas
y tantas veces:
—¡Es que no sé!... ¡Es que no puedo!
Y así siempre... Un día llovió
y el jardín quedó mojado. Las
mariquitas, las hormigas, los
gusanos, las mariposas y los
demás animalitos también se
mojaron. Para secarse, todos se subieron a las hojas
más altas de las plantas, más cerca del sol. Bueno,
todos no. Ernesto se había quedado abajo,
empapado por el agua de la lluvia. Sus amigos le
animaban para que subiera.
—¡Ernesto, sube a esta hoja
para secarte!
Pero Ernesto respondía como
siempre:
—¡Es que no sé!... ¡Es que no puedo!
Sus amigos insistían:
—¡Pero sube, no te das cuenta que te vas a
constipar!
Ernesto repetía pesaroso:
—¡Es que no sé!... ¡Es que no
puedo!
Sus amigos no dejaban de animarle: —Nosotros hemos trepado con mucho esfuerzo,
pero tú sólo tienes que saltar.
Ernesto, como siempre, ni siquiera lo intentó. Se
marchó llorando mientras los demás seguían
tumbados al sol.
—¡Buaaa!... ¡Buaaa! —lloraba
Ernesto.
Florindo, el duende del jardín,
escuchó su llanto y se acercó.
—¡Hola! ¿Por qué lloras? ¿Cómo te llamas? —
le preguntó.
—Me llamo Ernesto y lloro porque no estoy
arriba con los demás secándome al sol —contestó
Ernesto.
—¿Y por qué no estás arriba? ¿Te has caído?
—volvió a preguntar Florindo.
—No, no he subido... —le dijo
Ernesto.
—¿Y por qué no subes y
dejas de llorar?
Entonces Ernesto pronunció esa frase que todos
estaban acostumbrados a oírle:
—¡Es que no sé!... ¡Es que no puedo!
Florindo, cuando la escuchó, se quedó tan
extrañado que se le rizaron los bigotes. Sonriendo,
le volvió a preguntar: —¿Por qué no puedes? ¿Acaso
lo has intentado?
Ernesto, con un poco de
vergüenza, le dijo en voz bajita:
—No... no lo he intentado, yo nunca intento
nada.
—¿Es que nadie te ha enseñado que todo
requiere su tiempo, que las cosas se van aprendiendo
poco a poco, y que lo único que tenemos que hacer
es intentarlo todas las veces que haga falta? —le
dijo Floriendo—. ¡Venga, inténtalo! ¡Vamos!
—No sé... Quizás tengas razón, pero... Bueno,
está bien,... ¡voy a intentarlo!
Ernesto lo intentó, ante la atenta mirada de
Florindo. Encogió las patas traseras y... ¡uuuuuupa!
Dio un salto. Por primera vez dio un salto, pero
no consiguió llegar ni siquiera a las hojas que
estaban más abajo. Entonces Ernesto dijo otra vez:
—¡Es que no sé!... ¡Es que no
puedo!
Rápidamente, Florindo le
replicó:
—¿Qué te dije? ¿Acaso no lo
recuerdas? Nadie nace sabiéndolo todo. ¡Venga,
inténtalo de nuevo!
Ernesto volvió a encoger sus patitas traseras,
rápidamente las estiró y... ¡uuuuuupaaaa! ... Había
sido un salto más largo que el primero, pero tampoco llegó donde quería. Antes de que abriera la
boca para quejarse, Florindo le dijo:
—¿A que adivino lo que me ibas a decir?... ¡Es
que no sé!... ¡Es que no puedo! ¿No has visto que el
salto ha sido más grande que el primero? Pues
cuanto más saltos realices, más alto llegarás.
Además, si al saltar despliegas tus alas (porque sí...
¡los saltamontes también tienen alas!) tus saltos
serán mayores.
Ernesto hizo caso al duende y
estuvo saltando y saltando... una y
otra vez..., hasta que por fin en uno
de esos intentos...
—¡Yuuuujuuuu! ¡Florindo, mira,
lo he conseguido!
Ernesto había llegado a las hojas más altas.
Todos los demás animalitos le aplaudieron, unos
con sus patitas y otros con sus antenas.
Cuando Ernesto iba a ponerse al sol para
secarse, se dio cuenta de que con tantos saltos se
había secado. Bajó dando otro
salto y siguió saltando y
saltando,... Y dicen que sigue y
sigue saltando sin parar, de planta
en planta, de hoja en hoja, de flor
en flor y de jardín en jardín.


Ángel Ortiz Sanz

sábado, 5 de febrero de 2011

LOS CLAVOS EN LA PUERTA


Hubo una vez un niño que tenía muy mal genio. 
Su padre le regaló una caja de clavos y le dijo que cada vez
que perdiera el control tenía que clavar un clavo en la
Parte trasera de la puerta
El primer día
El niño había clavado 37 clavos en la puerta.
Durante las próximas semanas,
como había aprendido a controlar su rabia,
la cantidad de clavos comenzó a  disminuir diariamente.
Descubrió que eras más fácil controlar su temperamento que
clavar los clavos en la puerta.
Finalmente llegó el día en que el niño no perdió los estribos.
Le contó a su padre sobre ésto y su padre
le sugirió que por cada día que se pudiera controlar
Sacara un clavo
Los días transcurrieron y el niño finalmente
le pudo contar a su padre  que había sacado
todos los clavos
El padre tomó a su hijo de la mano
y lo llevó hasta la puerta. Le dijo: “Haz hecho bien,
hijo mio, pero mira los hoyos en la puerta.
La puerta nunca volverá a ser la misma.
Cuando dices cosas con rabia,
dejan una cicatriz igual que ésta.
Le puedes clavar un cuchillo a un hombre
y luego sacárselo. Pero no importa cuántas
veces le pidas perdón, la herida siempre seguirá ahí”
Una herida verbal es tan dañina como una física.
Recuerda que los amigos son joyas muy escasas.
Te hacen reír y alentarte para que progreses; te prestan
un oído, comparten palabras de aprecio y siempre
quieren abrirnos su corazón
Esta es la Semana Internacional de la Amistad.

sábado, 11 de diciembre de 2010

XENOFOBIA

En un vuelo de British Airways entre Johanesburgo y Londres, una señora blanca de unos cincuenta años que está sentada al lado de un hombre de color llama a la azafata para quejarse:

- ¿Cuál es el problema, señora? - pregunta la azafata.

- ¿Pero no lo ve? - responde la señora. Me colocó al lado de un negro. No puedo quedarme al lado de estos "inmundos". Déme otro asiento.

- Por favor, cálmese - dice la azafata - casi todos los lugares de este vuelo están ocupados. Voy a ver si hay algún lugar en clase ejecutiva o en primera.

La azafata se apura y vuelve unos minutos después.

- Señora - explica la azafata - como yo sospechaba, no hay ningún lugar vacío en clase económica. He hablado con el comandante y me ha confirmado que tampoco hay lugar en ejecutiva. Pero sí tenemos un sitio libre en primera clase.

Antes de que la señora pueda responder algo, la azafata continúa:

- Es totalmente inusitado que la compañía conceda un asiento de primera clase a alguien que está en clase económica, pero, dadas las circunstancias, el comandante consideró que sería escandaloso que alguien sea obligado a sentarse al lado de una persona tan detestable ...

Y, diciendo eso, la azafata mira al negro y dice:

- Si el señor me hiciera el favor de tomar sus pertenencias, el asiento de primera clase ya está preparado.

Todos los pasajeros de alrededor, que presenciaron la escena, se levantaron y aplaudiendo la actitud de la compañía.